Hablar en público

Hablar en público es una cualidad interprofesional cada vez más valorada. Existen muchas personas que parecen haber nacido para ello, otros en cambio lo perciben como un auténtico castigo.

A través de los nuevos planes formativos se ha identificado a la capacidad de hablar en público como una cualidad tan importante, que la exposición práctica de trabajos universitarios se ha tornado obligatoria.

A continuación, exponemos algunos tips para que hablar en público sea mucho más fácil y llevadero de lo que pueda parecerte.

Empecemos por un análisis.

hablar en publico

¿Por qué nos ponemos nerviosos cuando tenemos que hablar en público?

Es importante tener en cuenta que cuando entendemos la razón de un proceso interno, sea cual sea, es mucho más sencillo superarlo o al menos sobrellevarlo.

Estar nervioso cuando se habla en público es algo completamente normal, existe muy poca gente que no experimente ningún tipo de estrés cuando tiene que enfrentarse a esta situación. No obstante, existen niveles de estrés más razonables que otros.

Los síntomas suelen ser siempre los mismos, respiración que se acelera impidiéndonos articular palabra, corazón latiendo apresuradamente y sensación de angustia.

supervivencia
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La razón, aunque parezca increíble, es evolutiva. Nuestro subconsciente no ha evolucionado al ritmo de lo que lo hemos hecho nosotros. La exposición ante un grupo se interpreta como un desafío a la manada, nos entregamos para ser juzgados en la posición que ocupamos frente a ese grupo y nuestro cerebro trata de “ayudarnos” preparándonos para la lucha. Hiperventilamos para que el oxígeno llegue a todas las extremidades, nuestro corazón se agita para bombear más sangre y se nos administra adrenalina para salir corriendo en caso necesario.

Es evidente que este estado es contraproducente para nuestro propósito, pero si entendemos las razones, es mejor no tratar de luchar contra ello. Debes comprenderlo, interiorizarlo e intentar ponerlo a tu servicio, trata de canalizar esa energía a tu favor.

El objetivo no es dejar de estar nervioso, el objetivo es dominar esos nervios, y el primer paso es comprender el proceso.

Pequeños consejos para hablar en público

Nunca digas que estás nervioso, por mucho que lo estés. En primer lugar, porque por muchos nervios que experimentes, siempre van a ser menos los que proyectas. Lo que vas a lograr diciéndolo en alto va a ser que la audiencia preste atención a esos síntomas, cuando seguramente nadie se había percatado. Además, estás imprimando en el subconsciente que lo estás y este actuará en consonancia a esta idea. El poder de la actitud es más poderoso de lo que nos creemos.

Lleva siempre un vaso o una botella de agua. Además de que es un buen remedio cuando se nos seca la garganta, también es un recurso que nos da unos segundos para respirar, pensar o para revisar notas en caso de que lo necesitemos.

Tener algo en la mano ayuda a controlar el lenguaje no verbal. Un bolígrafo por ejemplo es el recurso que usan muchos políticos para controlar gestos intimidantes o evitar dar pistas sobre sus nervios. Si tienes que ofrecer una ponencia, puedes llevar el mando de las diapositivas por ejemplo.

No te aceleres. El ritmo del discurso es muy importante y cuando estamos nerviosos, tendemos a acelerarnos. El principal problema es que cuando hablamos muy rápido, es mucho más fácil pisarnos a nosotros mismos. Además, vamos a sentir que nos falta el oxígeno y es fácil que la situación se descontrole. Recuerda, “sin prisa, pero sin pausa”.

No memorices jamás un discurso. Esto es uno de los consejos más básicos que podemos dar, pero al mismo tiempo, más importantes. Basa la preparación de lo que tengas que decir en ideas o conceptos sencillos que posteriormente desarrolles.

Nervios

Las probabilidades de perder el hilo a lo largo de un discurso son elevadas, pero es notablemente más sencillo recuperar el argumento si hemos memorizado ocho o diez ideas que si hemos memorizado varias páginas. Y cuando sentimos que podemos recuperarnos fácilmente, nos vamos a sentir mucho más tranquilos, y esto se traduce en seguridad.

Ni que decir tiene, que tu mejor aliado es tener un buen discurso, ofrecer valor y calidad a tu audiencia va a ayudar a que nuestro público esté receptivo y participativo, eso lo vamos a percibir claramente como ponentes y nos ayudará mucho a estar calmados y a disfrutar. Una audiencia desmotivada que no para de bostezar y de mirar constantemente el móvil es muy difícil de manejar. Saber comunicar y adaptarse a nuestro oyente será determinante para el éxito de nuestra exposición.

Puesto que a nivel de contenido no podemos ayudarte, te ofrecemos algunos consejos a nivel de forma que pueden ser muy útiles para ofrecer un buen discurso.

La primera clave que podemos darte es: “lo bueno si breve dos veces bueno”. Parece que existe la regla no escrita de que cuando oscurecemos un mensaje sabemos más sobre ese tema. Por el contrario, cuando optamos por esa estrategia en una ponencia, vamos a lograr que la audiencia se disperse y no nos preste atención. Es mucho más efectivo ofrecer mensajes claros, simples y cuanto más cortos mejor.

Siguiendo la línea de introducir el consejo con una frase, seguro que has escuchado que las primeras impresiones son las más importantes. Pues tiene mucho sentido. Muchos estudios han demostrado que los mensajes que siempre quedan son los del inicio y los del final de nuestro discurso. Es por esto que se hace importante poner el plato fuerte de nuestro discurso al principio, desarrollar ideas más profundas durante el mismo y terminar recalcando la misma información que queríamos que nuestra audiencia recordara. Debes tener en cuenta que la reiteración es la base del aprendizaje.

También debes recordar que lo dinámico sobrevive y lo estático muere, y en un discurso ocurre exactamente lo mismo. Lo plano aburre, por lo que un consejo muy interesante que utilizan muchos oradores profesionales es realizar cambios de voz tan sutiles o marcados como decidamos. Esta es una forma de dar energía a las palabras y que se perciba más ameno.

Otra forma de trabajar el dinamismo del discurso es haciendo participar al público, por ejemplo, realizando preguntas cerradas del estilo de: “que levante la mano quien haya programado alguna vez”. Esta también es una forma de pedir apoyo a la audiencia, ya que empieza a formar parte de tus palabras, además, te da tiempo a hacer respiraciones profundas para normalizar la situación. Pero cuidado, porque abusar de este recurso puede ser muy contraproducente ya que puede cansar. Además, es importante tener en cuenta que no es recomendable hacer preguntas demasiado complejas o invasivas, corres el riesgo de que nadie participe y quedes en un mal lugar.

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Por otro lado, una forma de crear un discurso más personal y con estilo es contando experiencias personales que aporten valor a lo que se está contando. Esta estrategia nos ayuda a que el público empatice con nosotros y a que nos preste más atención.

Por último, no te olvides de disfrutar. El sociólogo Emilie Durkheim trabajaba la teoría sobre la necesidad social de ser escuchado. Si tienes la oportunidad de tener una audiencia a tu disposición, recuerda aprovecharlo.

Bibliografía recomendada

Es cierto, de la teoría a la práctica hay mucha diferencia, y cuando te enfrentas a quinientas personas es difícil recordar estos detalles, pero debes saber que estos consejos están completamente demostrados. Si además de aplicarlos pones tu propio carisma, puedes marcar un estilo propio y natural muy diferenciador.

Si te interesa el tema y te gustaría profundizar, te recomendamos el libro “confesiones de un orador público” de Scott Berkum o “Método TED para hablar en público: los secretos de las conferencias que triunfan en todo el mundo” de Jeremey Donovan.

 

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